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… Éramos dueños de todo y, de repente, dueños de nada. Caminábamos con un repertorio de anhelos y súbitamente se aproximaron los pesares. Estábamos repletos de ilusiones y un día nos inundó la desesperanza. Compartíamos con todos e inesperadamente encontramos la mesa vacía. Nos desbordaba la confianza y de repente nos invadieron el temor y la incertidumbre. El paisaje reflejaba luces y colores y, de un momento a otro, el panorama se tornó oscuro. Repartíamos sonrisas y tuvimos que descifrar lo que dictaba una mirada a la distancia. Pasamos de las urgencias del día a día a los aplazamientos como testigos inexorables de la fragilidad que habita en nosotros. Buscando ser libres nos encontramos más fronteras que nunca. Pasamos de la prisa y la impaciencia a contemplar el silencio, la lentitud y la calma.
Ahora agoniza el tiempo de un año complejo que develó la necesidad de declinar esquemas para dar el justo valor al instante vivido con intensidad y permitir que en la balanza pudieran más los momentos de dicha y alegría, que los abismos o las derrotas. Aprendimos a solemnizar lo sagrado de la vida para convocar el canto, aunque fuera en soledad. Pasamos de ser hospederos de la avaricia a entregar sin condiciones, tan solo motivados por la compañía, aunque tuviera el sello de lo fugaz. Pudimos reencontrarnos con la fascinación en el arte de dibujar promesas que conecten con los sueños. O con el misterio del nuevo amanecer para dar alas al amor y emprender el vuelo sin el peso de los recuerdos o las añoranzas. O con la posibilidad de acunar sentimientos que permitieran escuchar los gestos desde la pausa. O quizá, con la oportunidad para dejar atrás las etiquetas revestidas de memorias o ambiciones superfluas y así extender las manos generosas para entrelazarnos en una vida libre de ofensas y rencores.
Se quedaron dormidos los días ya recorridos y se asoma el nuevo año para encontrar metáforas que dejen el pincel atado a la alegría y así recorrer la senda mirando hacia dentro al buscar con quien hablar, para encontrar en el eco de lo excelso, el puerto de llegada que renueva y sustituye lo no sustancial.
Que el alma emerja en el nuevo año para reavivar el fuego y cruzarnos en lo apasionante. Que los días se vistan de tenacidad. Que asistamos al milagro eterno del presente. Que el faro ilumine con fuerza para que la fe no tenga límites. Que de nuevo podamos coincidir en el abrazo y que por fin “se cometa” el beso postergado. Que se improvise en nombre de la ternura. Que las puertas se abran al olvido de lo que no sume y que las caricias permanezcan por siempre. Que volvamos a la común-unión con Dios, El Soberano…
Alejandro Posada Beuth
“La navidad comienza en el corazón de Dios, y solo está completa cuando llega al corazón del hombre” Anónimo
Después del invierno, del frío, de la soledad y las noches oscuras, llega desde la estrella del Norte una nueva luz que dibuja la esperanza, la ilusión, un amanecer inédito y con él el nuevo Ser que encuentra el abrigo, el calor y otro prisma para observar el brillo natural de la vida.
Navidad es volver a nacer, renunciando a las sombras para quitar el velo del tiempo y abrir los ojos con admiración y asombro ante la perfección. Es pasar la página de los temores y las dudas. Es trascender de la vanidad a la humildad y la modestia, como el Rey que decidió nacer en las condiciones sencillas de un pesebre. Es prescindir de lo no esencial para conectar de nuevo con lo significativo y prioritario.
Navidad es también volver a escuchar la melodía siguiendo la partitura escrita en “Fe Mayor”, para devolver la confianza y la fuerza. Es reflejarnos en el lago en calma que es espejo del alma. Es regresar a los anhelos y aspiraciones mayores para fusionarnos a la obra impecable creada por el soñador de sueños. Es ir más allá de la presunción y la ostentación a la sobriedad de quien no hace esfuerzo alguno porque el lucimiento brota de manera espontánea. Es resonar con la compasión y el perdón para no arropar ni al resentimiento ni al rencor. Es comprender desde el desapego desistiendo de la vanagloria, la altivez y la soberbia.
Renacer es albergar con coraje al embrión del amor para nutrirlo desde la caridad y la piedad vestidas de humanidad. Es atenuar los momentos de debilidad y fatiga para fortalecernos en la voluntad férrea que conecta lazos de unión profundos. Es cimentar valores cubiertos de sensibilidad. Compartir y desprenderse para no enaltecer las migajas o las sobras. Es dejar atrás las exigencias porque son tantos los motivos de agradecimiento que el corazón rebosa a plenitud. Es comenzar de nuevo a sumarle historias a la existencia como señal inequívoca del deseo intenso por continuar escribiendo el relato para ser pedagogos de sonrisas y tutores de gozo y satisfacción.
Que la navidad haga que la excitación sea la fragancia de lo cotidiano. Que el nuevo nacimiento eleve el rango de cada una de nuestras emociones y pensamientos para conjugar el verbo amar en presente y que podamos deleitarnos en el reloj vacío de la pausa donde se enhebran las vivencias con sabor a recuerdos y se tejen los más grandes ideales.
Alejandro Posada Beuth

“El tiempo es el mejor autor; siempre encuentra un final perfecto”
Charles Chaplin
Más que un lapso o un período o una sucesión de eventos, el tiempo es una de las cosas más valiosas de las que disponemos, aunque paradójicamente no podamos almacenarlo o atesorarlo. Resulta por lo menos extraño que podamos contemplarlo y verlo pasar sin que podamos detenerlo y, aún más, que su duración sea relativa de acuerdo con la intensidad con que lo vivamos: si nos divertimos se nos hace corto, pero si son instantes de sufrimiento parecieran no tener fin.
Podemos ganar, perder o ahorrar tiempo, pero todo resulta en pura dialéctica porque inexorablemente seguirá avanzando. Por eso Cronos seguramente se ha reído a carcajadas cuando hemos tratado de detener los segundos y las horas: el calendario sigue desprendiendo sus hojas de manera inevitable.
Es cuando realmente vale la pena pensar que es tiempo de dejar de vivir de manera lineal en un pasado o en un futuro y más bien estar en el único tiempo: ¡el presente!
Es tiempo de valorar lo auténtico y verdadero. De rescatar la importancia de una compañía o una mano amiga que nos asiste en el momento preciso. De sobrecogernos con una sonrisa que aprueba. De maravillarnos con el juego caprichoso de las nubes que en un instante serán pasado. De reconciliarnos con la capacidad de escucha para interpretar el sentimiento ajeno. De disfrutar del flash que se desprende de la mirada del ser que amamos. O de darle sazón a la vida degustando unos versos que alguien plasmó para que el tiempo los cruzara con nuestro momento de quietud.
Es tiempo de tener una conversación profunda con lo Divino para comprender la perfección de su obra. Tiempo también de disfrutar de los ritmos y las cadencias que las musas aprovecharon para que las notas siguieran vibrando mientras se divertían en un pentagrama. O para saborear un buen vino en el instante sublime de un encuentro único. Y a lo mejor también para elevar los ojos al alma y hacernos uno con ella. O para observar los tintes que dibujan el paisaje de los días vividos con la certeza del presente. O para viajar al antojo hacia el pasado o el futuro desde una conciencia que se recrea entre los recuerdos y las expectativas. O tal vez, para agradecer generosamente el hecho de estar vivos aquí y ahora en la incontrolable existencia que se camufla en las sorpresas del día a día. Que siga siendo el tiempo del tiempo…
Alejandro Posada Beuth

“La ternura es el reposo de la pasión” Petrous Jacobus Joubert
Un abrazo en el momento justo, una mirada que conspira e implica, una sonrisa que rompe corazas, un gesto que acompaña sin necesidad de mediar palabra, una presencia que rescata del abismo, una cercanía que acoge, una compasión que renuncia al juicio: ¡eso es la ternura!
Es una mano dispuesta que se extiende desde un corazón amoroso y sensible para brindar la caricia más sutil. Es la pintura de las vivencias que se camuflan en el tiempo eterno del gozo. Es la belleza y el sentido que se funden en señal del afecto desinteresado y sublime. Es el encuentro profundo que solo sabe de coincidencias. Es recorrer el sendero sintiendo la compañía que interpreta e intuye. Es la voz silente que profesa el amor por el otro descifrando un sentimiento.
La ternura es una ofrenda inesperada en el instante preciso. Es el sentimiento de acogida cuando creemos que la angustia nos vence. Es el roce que estremece porque el contacto va más allá de la piel. Es la fragancia que queda después de retirarnos y que impregna hasta el último rincón de nuestro cuerpo. Es la percepción sin carencias porque la plenitud interior supera cualquier limitación. Es la dulzura que se registra en el rostro curtido de quien ya ha superado la prueba de los días.
Cada acto que genera consuelo, cada expresión que reconoce y honra la existencia del otro, cada pausa que evoca el recuerdo grato del momento vivido, cada amanecer sereno después de la tempestad, cada instante que brota intentando acomodarse en lo eterno de lo que es majestuoso, cada sonrisa tímida que busca eco en quien la recibe, cada lágrima que no puede contenerse en señal de regocijo por el reencuentro: todas son manifestaciones preciosas de una sensibilidad a flor de piel que dignifica y exalta lo mejor de la condición humana.
Que en adelante siempre haya un motivo sin motivos, un halago genuino, una llama que avive el fuego, una casualidad verdadera, una manifestación de esperanza, un soporte para el que intenta esquivar el vacío, una escucha que resuelva, un aliento para quien se siente desfallecer.
Que cada día sea una buena “excusa” para brindar y compartir con generosidad aquello que nos fue dado y que cobra significado al ser compartido desde la ternura que quiere desbordarse con quien camina a nuestro lado…
Alejandro Posada Beuth

Respira, siente, vibra. Permite que todo fluya. No te engolosines con lo que no te pertenece…
La vida transcurre entre capacidades y desafíos, entre talentos y retos, que nos llevan a forjar el destino día a día con el ímpetu que genera el deseo intenso enfocado en un objetivo mayor. Así, entre el gozo, la esperanza y la ilusión, llega la invitación a fluir sin resistencia, a liberar ataduras, a soltar lo no esencial y a recibir cada experiencia tal y como se presenta, con los ojos de quien aún puede sorprenderse.
Discurrir y caminar libremente, saborear el tiempo presente que nos permite camuflarnos con aquello que nos ocurre en el ahora y aquí, emerger a nuevos órdenes sin riñas o discusiones triviales y centrar la atención que magnetiza la magia del momento, nos conduce a la satisfacción plena, sin límites. Es, en ese momento, cuando la inspiración hace parte de nuestro equipaje y eleva la mirada a intenciones en verdad relevantes y abnegadas, repletas de sentido humano.
Cuando fluimos y nos permitimos ahondar en el silencio, acallando el ruido de lo superfluo y de lo que carece de sentido, surge el observador sin expectativas, el que contempla sin juicio alguno, el que disfruta de cuanto existe, el que no sabe de miseria o escasez, el que se sincroniza con la grandeza y dirige sus estrategias a lo que el corazón dicta con espontaneidad.
Dejar que las aguas corran es integrarse para renunciar a las pequeñas disputas, doblegar la rigidez y encontrar en la flexibilidad la cualidad de quien sabe que la vida sin guiones nos sintoniza con el deleite y la pasión que iluminan el sendero. Es de esta manera, como todo confabula y se dispone para que las perspectivas se aclaren y el panorama sea prometedor hasta permitirnos estar absortos en cada acción e integrados al júbilo que no admite cansancio o agotamiento.
Fluir es pues, contemplar la unidad, regresar a la fuente, vencer las coyunturas, recrearnos en el mundo de las potencialidades, asumir la actitud del que escucha alegremente las notas que brotan sin esfuerzo porque somos la música misma. Es satisfacción total que se vive desde la ausencia de prisa para que la imaginación vuele con libertad y dibuje los mejores escenarios. Es embelesarnos en un sentimiento que entienda el capital humano como la mayor de las riquezas. Es, por fin, comprender que nada nos hace falta para cumplir la “condena” se ser felices…
Alejandro Posada Beuth