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“Una cosa no es justa por el hecho de ser ley. Debe ser ley porque es justa” Montesquieu
Tal vez el equilibrio y la equidad sean algunas de las virtudes más esquivas y difíciles de lograr dado que, generalmente, están asociadas con un buen grado de subjetividad y atadas a intereses personales que interpretan las normas y valores según la propia conveniencia. Es por eso que el número de tribunales que emiten un veredicto suele multiplicarse por el de individuos de una comunidad, cada uno interpretando desde un punto de vista personal y posiblemente teniendo que recurrir, a fin de cuentas, a la justicia Divina como lo más parecido a la imparcialidad.
Existen unas leyes que harían ecuánime a la justicia, pero al ser evaluadas por el sentir particular, en muchas ocasiones se incurre en sentencias que pueden resultar equívocas. De tal forma que, más que buscar un vencedor y un vencido, la real imparcialidad debería estar sujeta a la moral, la ética y la verdad.
Valorar lo humano, la proporcionalidad y la pulcritud permiten soñar con un sustento hacia un mundo en el que la impunidad no tenga cabida, pero donde la compasión y la misericordia nos superen para comprender el sentido de las reglas. La armonía seguramente será el producto del reconocimiento de lo vulnerables que podemos llegar a ser y quizá de esa manera hallemos ese sendero del medio en el que conciliar será más productivo que el sometimiento y el dominio. Probablemente sea, en ese entonces, cuando las diferencias puedan ser zanjadas y las distancias superadas.
Una justicia sin corazón, puede llegar a ser una tiranía sin garantías. Cuando la ira y sed de venganza dictan los veredictos se pierden las más elementales posibilidades de que la presunción de inocencia se mantenga y, ocurrido esto, nunca habrá suficientes elementos para que primen los principios fundamentales del ser humano.
Que la serenidad, la claridad y la transparencia iluminen las mentes y la sensibilidad de quienes son los responsables de administrar las leyes, sin que los prejuicios den lugar al colapso. Que quienes estén a la espera de ello puedan obtener lo que les corresponde con la convicción de que es lo correcto. Que más allá de posiciones e ideales singulares, primen las decisiones certeras y el bien común, acompañados de una alta dosis de ponderación y mesura. Que el sueño de recuperar la confianza, vaya de la mano de un profundo sentido de la responsabilidad que nos haga siempre libres…
Alejandro Posada Beuth

“Nada derrumba muros más rápido que la aceptación” Deepak Chopra
En la inseguridad, la inexperiencia o la incapacidad para resolver situaciones puede radicar el origen del conflicto con aquello que no puede ser modificado y que nos lleva a sentir frustración o desdicha. Dejar atrás la resistencia es un gran paso hacia la tolerancia, lo cual no significa conformismo, sino más bien mirar la pantalla de las emociones para destinar energía a lo indispensable y levantarse con una sonrisa, tras el aprendizaje, como señal del observador consciente que hemos despertado.
Lo ya vencido minimiza las limitaciones y nos lleva a comprender que somos nuestro mejor regalo y que nuestro ángel no quiere ser cómplice de un sufrimiento interior originado en la renuencia sin sentido, sino más bien participar de un estado de percepción que gestione de forma adecuada los sentimientos y los deseos. Esto es caminar hacia la conquista del autoconocimiento para evitar que el ego sea la sede permanente de pugnas y desavenencias, de antagonismos u oposiciones, que solo ahondan las distancias.
Cuando nos enganchamos en discusiones sin propósito, las interpretaciones son sesgadas y alejan las acciones puras, limpias y diáfanas. Nos perdemos así una oportunidad para contactar con la suprema sabiduría y, en cambio, se toman decisiones que opacan lo realmente productivo y nos convertirnos en esclavos de pensamientos obsesivos que impiden el ascenso hacia al mundo de las posibilidades.
Desde la aceptación se privilegia lo bueno porque más que evitar es aprobar y superar dificultades. Es fortalecer el vínculo con nosotros mismos, sin juicios ni reparos. Es ver y escuchar el auténtico mensaje y asumir la búsqueda constante de la profunda verdad. Es, además, ir más allá de los fracasos, pérdidas o desengaños para camuflarnos con la resiliencia como manifiesto del alma. Es experimentar para renunciar al dogma, con conocimiento de causa. Es entregarse a la Voluntad Mayor para despertar al compromiso y la responsabilidad. Es elegir los mejores pensamientos como fuente principal del haber espiritual.
Aceptar es también buscar el Yo superior para eliminar fricciones y allanar el sendero. Es descubrir virtudes únicas en nosotros y en los otros para concordar con las exigencias hacia el despertar de una Conciencia Superior y encontrar que en nosotros hay un embrión de Dios que desea nacer para regocijarse en el éxtasis libre y espontáneo de quien es capaz de amarse a sí mismo…
Alejandro Posada Beuth

“El origen del sufrimiento es el apego, que crea la ilusión del ego” Buda
Nuestro día a día está marcado por un continuo movimiento que conduce a la libertad como esencia del amor. El sometimiento y la sumisión son signos claros de dependencia y falta de regulación emocional. Está claro que es necesario crear vínculos, siempre y cuando no tengan como compañía a la obsesión. Cuanto más pronto desarrollemos la consciencia de que nada es perenne y de que todo tiene un final, más prestos estaremos a vivir complacidos por el regalo que es el presente.
La seguridad es apenas una ilusión y por ello al asumir las pérdidas abrimos las puertas a nuevos ciclos siempre y cuando comprendamos que, más que sustituir, hay que resolver para no dejar pendientes. El tiempo puede convertirse en el mejor diluyente, pero no se desliga de la comprensión como elemento fundamental para dar el nuevo paso en señal de que todo fluye. Es soltando y dejando ir como nos hacemos cargo de nuestra propia felicidad y le ponemos nombre y expresión a lo sentido, como parte de ese veredicto que nos dice que la vida continúa y que por ende debemos entender que siempre habrá puntos suspensivos.
Renunciar a los apegos es darle paso al desprendimiento, afrontando el reto de no buscar culpables y aceptando el cambio como la más poderosa herramienta para reencontrarnos. Es centrarnos en el gozo y mirar con agradecimiento todo lo vivido. Es dejar atrás la amenaza y la tensión para abrazar la incertidumbre. Es hacernos conscientes de que todo evoluciona y que por eso el deseo insaciable no es imprescindible. Es cuidarnos porque la misión continúa y, para ser parte de ella, se requiere de pasión armoniosa que desiste del control que por momentos devora la paz interior.
La lección del desapego es la constatación de que hemos decidido no ser más víctimas del pasado, entendiendo que cada dificultad puede representar la semilla de un nuevo horizonte en el que se suprimen el sufrimiento y la esclavitud. En ese panorama que se vislumbra, es válido asumir una escucha activa a lo que nos dicta el corazón. Es necesario renunciar a la avaricia y la cicatería para recuperar la plenitud desde la entrega generosa, desde la paciencia y la calma que permiten ver la oportunidad. Desde la confianza que rescata la fe o desde el sentido que nos relanza hacia el propósito.
Que en adelante podamos recorrer el sendero, ligeros de equipaje y trascendiendo lo que en definitiva es innecesario…
Alejandro Posada Beuth