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“El origen del sufrimiento es el apego, que crea la ilusión del ego” Buda
Nuestro día a día está marcado por un continuo movimiento que conduce a la libertad como esencia del amor. El sometimiento y la sumisión son signos claros de dependencia y falta de regulación emocional. Está claro que es necesario crear vínculos, siempre y cuando no tengan como compañía a la obsesión. Cuanto más pronto desarrollemos la consciencia de que nada es perenne y de que todo tiene un final, más prestos estaremos a vivir complacidos por el regalo que es el presente.
La seguridad es apenas una ilusión y por ello al asumir las pérdidas abrimos las puertas a nuevos ciclos siempre y cuando comprendamos que, más que sustituir, hay que resolver para no dejar pendientes. El tiempo puede convertirse en el mejor diluyente, pero no se desliga de la comprensión como elemento fundamental para dar el nuevo paso en señal de que todo fluye. Es soltando y dejando ir como nos hacemos cargo de nuestra propia felicidad y le ponemos nombre y expresión a lo sentido, como parte de ese veredicto que nos dice que la vida continúa y que por ende debemos entender que siempre habrá puntos suspensivos.
Renunciar a los apegos es darle paso al desprendimiento, afrontando el reto de no buscar culpables y aceptando el cambio como la más poderosa herramienta para reencontrarnos. Es centrarnos en el gozo y mirar con agradecimiento todo lo vivido. Es dejar atrás la amenaza y la tensión para abrazar la incertidumbre. Es hacernos conscientes de que todo evoluciona y que por eso el deseo insaciable no es imprescindible. Es cuidarnos porque la misión continúa y, para ser parte de ella, se requiere de pasión armoniosa que desiste del control que por momentos devora la paz interior.
La lección del desapego es la constatación de que hemos decidido no ser más víctimas del pasado, entendiendo que cada dificultad puede representar la semilla de un nuevo horizonte en el que se suprimen el sufrimiento y la esclavitud. En ese panorama que se vislumbra, es válido asumir una escucha activa a lo que nos dicta el corazón. Es necesario renunciar a la avaricia y la cicatería para recuperar la plenitud desde la entrega generosa, desde la paciencia y la calma que permiten ver la oportunidad. Desde la confianza que rescata la fe o desde el sentido que nos relanza hacia el propósito.
Que en adelante podamos recorrer el sendero, ligeros de equipaje y trascendiendo lo que en definitiva es innecesario…
Alejandro Posada Beuth

“Por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes” Khalil Gibran
Existen promesas en cada corazón y por eso las turbulencias se diluyen ante la grandeza de las ilusiones que se alimentan desde el amor. Conservar la esperanza es anclar el alma que siempre tiene una respuesta para no desfallecer. La esperanza derrota la lógica y por ello es necesario conservar el entusiasmo, la alegría y la fortaleza interior que nos dictan a cada instante que podemos ir más allá de las limitaciones naturales.
Nuestros sistemas de creencias deben ser robustecidos y tonificados para que cada situación vivida sea otra forma de incrementar la convicción de que siempre hay un nuevo día para comenzar y de que ese tiempo por venir estará repleto de ventura y dicha. Podremos cambiar las excusas por propósitos y las pruebas de la vida por testimonios o los reveses por la posibilidad de promocionar nuestra capacidad evolutiva.
Cada día es otra oportunidad para terminar lo que ha sido iniciado y para darle vida a los sueños. Para reconciliarnos desde lo más profundo de nuestro ser y salvar las dificultades y así permitir dirigir nuestros esfuerzos al reencuentro con el rumbo de las finalidades mayores, a sabiendas de que todo es factible y que la confianza es ingrediente esencial para contemplar luego lo que antes fue solo un pensamiento.
Rescatar el aprendizaje es parte de la esperanza para reconocernos autónomos y hacedores de lo que ha de ser parte de nuestros inventarios. Sin duda alguna que, para ello, la audacia y el coraje serán materia prima como fuente de inspiración para entender que después del invierno viene la primavera y que el colorido se disfruta más después de haber probado los claroscuros la vida.
La esperanza también derrota al temor y constituye un peldaño más en el recorrido del camino hacia la fe. Le da sentido a todo y permite depositar la energía para encausar el destino y, más aún, si se revela desde la consagración, con ahínco y denuedo, con esfuerzo y empeño, para darle valor a los logros desde la justa medida.
Nunca perder la certeza y más bien mantenernos firmes en la búsqueda de ese Norte que nos hemos trazado para poder desplazar la angustia y la zozobra y coincidir en la serenidad y el sosiego. Cada palabra de aliento en el momento preciso puede hacer la diferencia entre la derrota y la esperanza…
Alejandro Posada Beuth
“¿Qué significa oír el silencio, sino escuchar lo que no alcanza a ser dicho?”
(Santiago Kovadloff)
Es importante dejar la prisa y silenciar el ser para poder rescatar la actitud de escucha y de esta manera sintonizarnos con el respeto, la atención y la presencia, fundamentales para acallar la turbulencia de las emociones. Asumir de manera sincera y generosa el contacto con el otro es centrar el foco para cultivar las relaciones desde el aprecio y la consideración.
Escuchar es conectarse sin divagar, sin distraerse. Es recuperar la preciosa virtud del silencio preciso, que puede llegar a ser la forma más elocuente de expresión. No interrumpir a aquel que busca nuestra deferencia es quizá la mejor muestra de empatía y, además, transforma nuestros sistemas de entendimiento para encontrar las respuestas adecuadas. Es aprender a revelar la belleza desde la prudencia y comprender que existen otras visiones, sentimientos o necesidades que pueden ser recibidos desde la disposición genuina y trasparente para evitar el enorme costo del conflicto.
Cuando es el corazón el que escucha, las distancias se acortan y puede descifrase lo que hay más allá de las palabras. Podemos leer al otro, más que llenarnos de argumentos. Se resuelven la agitación interior y las discusiones sin rumbo y hasta se contribuye a recuperar la autoestima porque la valoración está inmersa en esa postura. Ser uno con el otro es enriquecer la imagen que tenemos de él y que va mucho más profundo que un intento por interpretarlo.
Escucharnos es cambiar ansiedad o desavenencias por la posibilidad de involucrarnos. Es abrirnos para discernir con cautela y elegancia. Es mitigar el egoísmo y dejar a un lado los rótulos o etiquetas mentales para volvernos a encontrar. Es comprometerse e interactuar desde la sensibilidad y con delicadeza, para identificar y cultivar el verdadero propósito que supera lo personal.
¡Qué bonito sería que pudiéramos renunciar a la prepotencia y la arrogancia para descubrir que somos capaces de encontrar la verdad que habita en la humildad! Por eso el sabio concibe que el conocimiento no le pertenece y tan solo espera a ser escuchado para ahorrarnos gran parte del camino.
Escuchar es acompañar, intercambiar, compartir. Es volver a manifestar lo que tanta falta nos hace: la admiración por el prójimo…
Alejandro Posada Beuth